De lo racional a lo afectivo: cambiando al individuo y al colectivo

Desde los discursos griegos, la razón ha sido considerada como la facultad humana que nos encamina hacia la virtud, hacia lo superior, hacia lo moral. También podemos considerar a la razón como la capacidad humana tanto de adaptación al medio, como de transformación del medio. Sin embargo, ¿a dónde se relega lo afectivo dentro del marco de lo racional? ¿cómo crear cambios en la sociedad cuando el sujeto en sí está siendo desatendido?

Dentro de las corrientes en boga de la Nueva Era, un aspecto reiterativo de éstas es el emprender el camino hacia el autoconocimiento. Lo anterior implica el preguntarnos qué patrones hemos estado repitiendo a lo largo de nuestra vida, qué tipo de “lealtades familiares” hemos estado consciente o inconscientemente salvaguardando, qué pensamientos, ideas y sentimientos no hemos liberado, etc. Lo complejo de estos procesos es que sólo los enfrentamos desde lo racional, y vaya que se requiere más que eso. No es de extrañar que exista aquél que sepa y entienda su historia de vida, las causas y los porqués de sus acciones y de sus circunstancias, pero que continúe sintiendo estados de angustia y de ansiedad. Lo más probable, es que su afectividad siga estando en completo estado de abandono.

Más ustedes, estimados lectores, podrá pensar, o no, que estos estados ansiosos y depresivos están en auge y que son cada vez más comunes. Entonces, es necesario plantearnos que, si lo individual y lo colectivo está somatizando paralelamente síntomas particulares y además, es indudable la inseparabilidad del sujeto con la sociedad, ¿en qué momento los desafíos personales se vuelven desafíos sociales? ¿de qué manera puede el sujeto retroalimentar a la sociedad y de qué manera puede la sociedad tener apertura a la subjetividad?

Para ello, podemos decir o suponer, que una persona que está buscando constantemente vivenciar cambios en su vida, estará más dispuesta a participar en cambios sociales y, que una persona que enfrenta su afectividad sin pasar por las múltiples paradojas de la razón, estará mas receptiva a los sentimientos y a las necesidades reales de los otros.

Entonces, quizá el diferenciar cuándo la aproximación a un conflicto (interno o externo) es menester de la razón y cuándo es menester de lo afectivo, nos conducirá a una sociedad más tolerante y más humilde en sus juicios. Ustedes dirán la última palabra.

Gracias por leernos.

Texto: Regina Olea